Los Años Cero

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Dicen que la depresión y la tristeza, son debidas a la disminución de un neurotransmisor llamado serotonina a nivel del sistema nervioso central: el descenso del nivel de este neurotransmisor hace que nos sintamos vacíos, que nuestras metas y nuestros cielos sean cada vez más grises. La idea obsesiva que resulta de ello forma un bucle que puede rozar el delirio.

Este proceso es la base de muchos sucesos cotidianos de las sociedades en las que vivimos, es el banco de prueba de nuestros años, los Años Cero. Algunos sucumben ante este despiadado mecanismo, y van a parar a limbos más o menos lejanos. Otros ejercen la fuerza violenta del ánimo humano, y a través de la catarsis de un proceso creativo, dan a luz, con una larga y dolorosa gestación, una nueva criatura.

Los Años Cero, estos años en los que de ser niños, hemos pasado, según dicen, a la edad adulta, rodeados de desiertos globales que se mueven hacia nosotros.

Proyectando el cielo es un acto natural y valiente, es una crónica íntima que se revela al público. Una crónica desesperadamente sincera de estos diez años, del sufrimiento de evolucionar combatiendo con una sensibilidad sangrante, arma de doble filo, en medio de una tempestad global y personal.

Proyectando el cielo es la historia de una lucha contemporánea, de un chico que combate el avance de un desierto.

Italo Calvino narra, en las Ciudades  Invisibles, que Marco Polo, después de haber viajado durante años a través del infinito imperio oriental de Kublai Khan, se encuentra ante el Soberano. El emperador que no conoce las ciudades que constelan su interminable tierra más que en los mapas, le pide al viajero que se las cuente. El emperador cierra los ojos y el viajero cuenta. Marco Polo narra minuciosamente la vida, los enredos y las arquitecturas de estas ciudades, con una mirada distinta y obstinadamente opuesta a la mirada del hombre común. Las ciudades invisibles no existen más que en la mente de Marco Polo, así como cada uno crea un mundo subjetivo y personal. Como la ciudad para ciegos de Albert, ciudad para ciegos que vuelven a ver, para enfermos que se curan, para animales que salen de su madriguera tras un largo invierno.

Esta es para mí la esencia del trabajo de Albert, su ciudad está encerrada entre las paredes de su caja torácica, en el centro de la plaza mayor palpita su corazón y el cielo que se proyecta es un cielo oscuro que se desgarra de luz, bajo las cejas de las nubes negras, cargadas de lluvia.

La ciudad, que siempre he considerado el mayor invento del hombre, pasa a ser el espejo de algo vivido, en el que se refleja su evolución.

Su proyecto constituye un pretexto para narrar una historia personal, la historia de una psicosis que se yergue en equilibrio, de un temporal que oscurece cada vez más el cielo, pero que no consigue nunca disolverse en tempestad, en una lluvia, en un llanto. Al final el llanto llega, como una liberación, con la descripción a veces compulsiva de las visiones y de los pensamientos que han acompañado a Albert durante un decenio, rozando la locura para luego materializarse en una tela o un croquis. Un lápiz y un trozo de papel como terapia eficaz para la mayor parte de las psicosis que acechan en nuestras mentes.

La arquitectura se humaniza, porque está hecha con los materiales que forman nuestras vidas: fragilidad, alegría, desesperación, amor, crisis. Las sensaciones son los ladrillos que delimitan las calles. Una arquitectura íntima, existencialista, “que conmueve y evoca”.

Mi amigo Albert ha ideado este proyecto, que le ha acompañado durante años, como una obsesión, que ha pasado de ser una aflicción a una salida de emergencia.

Y ahora al final de los Años Cero, en la primavera de este extraño 2011, Albert se despide de su proyecto como nos separamos de un amor que nos ha hecho sufrir mucho. A menudo sucede que nos alejamos verdaderamente de las cosas sólo después del momento de la separación y de la ruptura real, porque incluso los sentimientos tienen un metabolismo, así como el hígado y el corazón, cuando eliminamos las toxinas, cuando pasa el momento del clímax, vuelven a una nueva homeostasis. Solamente cuando el sedimento de los años transcurridos se posa en el fondo podemos ver claro a través de la botella.

Es el final feliz, y quizás no es más que un nuevo y doloroso principio.

Me encuentro cerca de Albert en esta nueva obra suya, porque me parece que va mucho más allá de la arquitectura, es un paradigma de los años que estoy viviendo y de mi generación, que se da cuenta de lo irrealizable del proyecto original. La idea que parecía ser tan real al principio pero que ahora, en el mundo nuevo que tenemos delante, pasa a ser utópica. Creo que ahí reside el sentido de la obra de Albert y quizás también el objetivo de mi generación, darse cuenta de lo utópico de nuestras existencias, y combatirlas para hacer real lo irrealizable, mostrándonos desnudos, sin esconder miedo y desorientación, sino usando nuestra propia fragilidad como un nuevo material de construcción.

Es toda la poesía que hay en la aceptación del desafío de hacer que un sueño se haga realidad.

 

Giulio Borbon

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